-Desde hace unos meses, pero esta semana en particular, las agencias de calificación fueron acusadas de practicar un total y absoluto abuso de poder. ¿Es verdad que el mundo está en manos de las agencias de calificación, sobre todo de las tres más poderosas, Moody’s, Standard & Poor’s y Fitch?
-Las agencias calificadoras fueron creadas en Estados Unidos para ofrecer un servicio preciso al público. El objetivo era hacer una distinción entre las inversiones especulativas -cuyo rendimiento no está asegurado- y aquellas colocaciones consideradas como absolutamente seguras. Se trataba de que las empresas que tienen una responsabilidad frente al público -como las compañías de seguros o los fondos de pensión- solo invirtieran el dinero en sitios que ofrecen seguridad casi absoluta. Y eso se consiguió a través de un sistema que califica la seguridad que presenta cada empresa o Estado para una inversión. Pero en el caso de Estados Unidos, se permitió que fueran sociedades privadas las que prodigaran ese servicio. En otros países, como en Europa, tratándose casi de un servicio público, sería el Estado quien desempeñaría esa tarea.
-El principio fue loable. ¿Cuándo y por qué derrapó?
-Pronto aparecieron efectos perversos. La competencia entre esas agencias, por ejemplo, consiguió que terminaran haciendo cálculos de fiabilidad en casos que las superaban, simplemente porque partían del principio de que si una de ellas no brindaba ese servicio, la competencia lo haría. Pero lo grave de todo esto estuvo en la base: que se permitiera dar un servicio público a empresas privadas, cuyos únicos objetivos son la rentabilidad.
-Cuando esas agencias aparecieron, ¿entre sus atribuciones también se contaba la de calificar la deuda pública de los Estados?
-No, la cuestión no se plantea en esos términos. En un sistema económico de tipo liberal, la distinción entre privado y público no existe en realidad. Se trata simplemente de instrumentos de deuda, de empréstitos. Las agencias tienen que estudiar qué porcentaje de posibilidad existe no sólo de que se respete el pago de los intereses, sino también el reembolso del capital.
-En Europa cada vez son más quienes piden que se ponga límite al alcance de las agencias de calificación. Incluso, hay quienes proponen que se les prohíba calificar la deuda soberana de los Estados. ¿Teniendo en cuenta la cultura liberal estadounidense, es posible que eso suceda?
-Naturalmente todos tienen derecho a tener en cuenta o no lo que dicen las agencias de riesgo. En Estados Unidos hubo un gran cambio gracias a la ley Dodd-Frank, un texto que cambió en 2010 el estatus de la opinión emitida por esas agencias. Hasta ese momento, esa opinión era solo eso: una simple opinión que respondía al principio establecido por la primera enmienda de la Constitución, que garantiza la libertad de cualquiera a expresar su opinión. Hasta ese momento, las agencias podían decir que se contentaban con emitir esa opinión sin asumir ninguna responsabilidad con respecto a las posibles consecuencias de esa actitud. Eso cambió con la ley. En un caso reciente, las agencias se mostraron mucho mas prudentes.
-¿En qué caso?
-Cuando la empresa automotriz General Motors intentaba salir del proceso de quiebra en la que se encontraba, emitió obligaciones, pero las tres agencias principales se negaron a atribuir una nota a esos títulos. Ese silencio quería decir naturalmente que el producto sería de una muy mala calidad. De modo que los clientes debían comprar o no esos títulos en función de sus propias opiniones. Pero el gobierno estadounidense decidió dar su propio aval a esas obligaciones, ignorando la opinión de las agencias. Por primera vez, hubo una maniobra de « puenteo » total de las agencias de calificación. Se podría imaginar exactamente la misma cosa en el caso de las obligaciones emitidas por los gobiernos de Grecia o de Portugal.
-¿Eso es lo que quiso decir esta semana la canciller alemana Angela Merkel cuando afirmó que « nadie está obligado a tener en cuenta la opinión de las agencias »?
-Exactamente
-¿Cree posible que la UE esté reflexionando en la posibilidad de cambiar los mecanismos de ayuda actuales? Yendo hacia una mayor unión, podría -por ejemplo- emitir títulos europeos, en vez de que cada Estado proponga los suyos con el resultado que estamos viendo.
-Naturalmente. Cuando el problema de la deuda griega comenzó a fines de 2009, los europeos se dieron cuenta de que la unificación fiscal era una condición necesaria para que Europa pudiera verdaderamente realizarse en el interior de la zona euro. Pero la cuestión no prosperó. El problema es que ahora todos se dan cuenta de que están obligados a introducir una solidaridad que no existía antes, ni siquiera por definición. Incluso el Tratado de Lisboa (tratado institucional europeo) excluye la solidaridad automática. Esa situación era un auténtica contradicción porque, ¿cómo es posible organizar una zona monetaria sin que haya solidaridad entre los países? Ahora la situación es tan complicada que es necesario proponer una garantía automática, llamémosla de tipo federal, para la deuda de los países miembros. El problema es que los fondos de reserva que se crearon no tienen dinero suficiente. Alcanzan para salvar a Grecia, como lo acabamos de ver, para salvar quizás a Portugal. Pero nunca se podrá salvar a España, si llegara el caso.
-Teniendo en cuenta la situación europea, agregando la deuda pública gigantesca de Estados Unidos, las burbujas aquí y allá y la febrilidad de los mercados, ¿diría usted que el mundo se encamina hacia una nueva crisis global?
-Si remontamos una década y tratamos de ver las razones que produjeron todo esto, veremos que, en países como los nuestros, la progresión de los salarios no siguió el aumento de la productividad. Los salarios no aumentaron suficientemente en relación a la riqueza creada. Nos limitamos a facilitar el acceso de los hogares al crédito. Pero esa gente no tenía recursos suficientes o en todo caso que no se había beneficiado con el aumento de la productividad, en particular la que creó la informática. Entre 2000 y 2010, nadie se dio cuenta de que reemplazar un auténtico poder adquisitivo por acceso más fácil a créditos para el consumo provocaría una catástrofe. Y eso fue lo que pasó. Occidente debía haber advertido que la causa fundamental era la parálisis e incluso la reducción salarial. Yo lo dije en 2008: la única solución posible consistía en aumentar los salarios masivamente para que el poder adquisitivo apoyara a la economía. Sin embargo, se hizo exactamente lo contrario. Se adoptaron planes de austeridad, se redujeron los salarios, la recesión destruyó decenas de miles de empleos y naturalmente el ingreso del conjunto de los países también se redujo, agravando la situación.
-Si tenemos en cuenta que las políticas de austeridad siguen a la orden del día, ¿se podría decir que, una vez más, Europa toma el camino inverso?
-Así es. Incluso hay presiones sobre los bancos para que presten todavía más a los hogares. Insisten en que la gente debe tener acceso al crédito sin pensar que, algún día, ese dinero hay que devolverlo. Ese dinero habrá que encontrarlo en los salarios futuros. Pero esos salarios han seguido reduciéndose. En otras palabras, no cesa de disminuir la fuente donde se obtendrán los reembolsos de los créditos.
-Usted parece pensar, como otros especialistas, que Occidente está en crisis. Pero, en el fondo, los países asiáticos y otros grandes emergentes practican la misma economía de mercado que Occidente. ¿No se trataría más bien de una crisis sistémica?
-Los países occidentales se han desindustrializado considerablemente. Confiaron en que se podía desarrollar una economía esencialmente basada en el sector terciario (de servicios). Pero la producción de servicios es extremadamente frágil. En Occidente cada vez dependemos más de los rendimientos producidos por los capitales. Por el contrario, cuando los países emergentes ven que los capitales de países centrales llegan en búsqueda de rentabilidad simplemente para beneficiarse del dinamismo de sus economías, cierran las fronteras a esos fondos golondrina. Eso fue lo que sucedió no hace mucho con Brasil (y lo que amenaza con ocurrir nuevamente). Y tienen toda la razón. Porque esa es la forma de proteger la riqueza: en vez de dejarla partir, es normal que un país intente que su riqueza sea distribuida dentro de sus fronteras.
-Cada vez son más los analistas que evocan el default de la Argentina en 2001 y afirman que las similitudes con el caso griego son considerables. ¿Usted también lo cree?
-Yo no conozco en detalle el caso argentino, pero creo recordar que el gobierno argentino se vio obligado a utilizar el dinero de las cajas de jubilación. Y aquí hay una clave interesante para leer la situación actual. La razón por la cual Europa hace tantos esfuerzos para evitar el default de un país miembro es porque, en los últimos años, los gobiernos han alentado a la gente a tener cada vez menos confianza en los sistemas de jubilación estatal por repartición, y buscar un reaseguro en los sistemas privados por capitalización. El problema es que esos sistemas privados dependen en forma esencial de las obligaciones del Estado porque compran títulos de la deuda soberana. A la gente se les asegura que esas inversiones -que en Francia se llaman « seguros de vida »- no representan ningún riesgo. Así fue hasta ahora porque los fondos están garantizados por el Estado. Si ahora las deudas soberanas europeas pueden hacer default y ser reestructuradas, los europeos descubrirán que fueron engañados por sus gobiernos.
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